9 feb. 2010

Volver

Ocupaba dos asientos del autobús. Tenía la cabeza apoyada contra el cristal y observaba los prados secos a través de la ventana. Pensaba, no podría decir en qué. Tenía los ojos marrones y lo cierto es que brillaban más que nunca esa tarde. Puede que brillaran por la ilusión de volver a casa, puede que brillaran por la sensación de dejar atrás su mundo. Su pelo largo caía por el hombro hasta debajo del pecho. Era de color anaranjado. Decenas de pequitas adornaban su nariz y sus mejillas dándole un aire inocente e ingenuo, ingenuidad que hacía ya tiempo había perdido.
Volvía, después de 15 años volvía a casa.
"No te veo la pupila, me encantan"
Miles de recuerdos golpeaban en su cabeza.
¿Por qué se marchó? Quería ser feliz.

Una niña corriendo por la playa cuando ya no había nadie. Mientras, su madre la miraba desde casa año a año observando con miedo como se hacía mayor. Pero cada atardecer la veía ser feliz, daba igual la edad, era feliz corriendo, jugando con su padre por la arena cerca de las olas. 17 años tenía cuando él murió, y aún así, seguía saliendo a la playa con miles de momentos en su cabeza.
Y aquella noche, cuando cumplía 18, hizo la maleta, cogió dinero, le dió un beso en la mejilla a su madre dormida, y dejándole una carta en la mesita de noche, se marchó.

Una niña de playa, viviendo una vida de ciudad. Se marchó para olvidar el dolor, para ser feliz, pero después de quince años, volvía sin saber muy bien por qué. Sabía que la playa la derrumbaría, tenía una relación tan especial con su padre, que las conversaciones en la arena, la golpearían todas a la vez hasta dejarla sin aliento.
"-Papá, ¿soy fea? -Que preocupaciones más tontas pueden llegar a tener las niñas.
-No, cariño, eres la más linda de todas, tienes unos ojos preciosos. -La miraba dándole la confianza que necesitaba.
-Son oscuros... -Protestaba ella.
-No te veo la pupila, me encantan."
Parecerá una tontería, pero una sonrisa salió de sus labios haciendo de esa frase lo más especial de ese momento.

-¿Por qué has vuelto, María? -Había rencor en las palabras de su madre, estaba dolorida, decepcionada por la falta de ese apoyo durante quince años.
-Estoy preparada para afrontar ésto, no estaba lista entonces.
-¡Yo tampoco estaba lista, te necesitaba, María! ¡Te necesitaba! -Rompió a llorar.
-¡Oh Dios! ¡Yo también necesitaba algo! ¡Necesitaba ser feliz, valerme por mí misma!
Cogió el par de maletas que había dejado en el suelo y miró a su madre.
-¿Sabes qué? No ha sido una buena idea, ya buscaré dónde quedarme. -Afirmó con rotundidad.
Su madre la agarró de la muñeca.
-No, no. Aún te necesito, por favor. -Rogó con los carrillos húmedos.
María la miró, la abrazó. Sus vidas habían cambiado demasiado en esos quince años. María no estaba casada, tenía dos niñas de dos y cuatro años, Alejandra, e Isabel, como su madre. Isabel madre, viuda, sesenta y cuatro años, había vivido toda su vida en ese pueblo de Cantabria. Modista con talento, pero nunca con el valor suficiente como para intentar ampliar su mundo fuera del pueblo.
Se sentaron en el pequeño salón de la casa. A la derecha de la puerta un cran sofá en "ele", de color beige, la televisión plana, al fondo derecho de la habitación. A la izquierda un escritorio.
María se levantó y se acercó a éste. Pasó los dedos por cada trozo de madera cerrando los ojos, y viendo a su padre sentado con ella observando cómo escríbia las historias que a la pequeña María tanto le gustaban.
-Tu padre estaba obsesionado con ese escritorio, lo hubiera cambiado de no ser por él.
Ella respiró hondo y volvió a sentarse. Madre e hija hablaron largo rato, sobre las niñas, el pueblo, sobre todo lo que se habían perdido la una de la otra en esos quince años. Cenaron, la situación fue fría. maría sólo miraba al plato para evitar mirar a los ojos de su madre.
-Pensé que vendrías a casa cuando nació Isabel. -Dijo intentando romper el hielo.
-No me invitaste nunca a tu casa, no sé por qué esa ocasión sería diferente. -Su contestación arisca.- ¿Dónde están las niñas?,¿con Carlos?
-No, Carlos está de viaje, están con su madre, la quieren mucho. -Informó María con una sonrisa.
-Ni siquiera estás casada. -Isabel despreciaba el hecho.
-Mamá, estoy bien así.
Después de una larga charla esquiva durante la cena, María se sentía preparada para ir a la playa.
-Espera, -balbuceó su madre- quiero ir contigo. -Pidió mirando a su hija con nostalgia.
María sonrió y ambas bajaron en silencio. Llegaron a la playa y se tumbaron cerca de la orilla. Las dos se abrazaron como la madre que abraza a su hija pequeña con dulzura.
-Así que, ¿así es cómo se ve desde aquí? -Preguntó Isabel, recordando como año tras año miraba a una niña correr por la playa con su padre, observando con miedo como se hacía mayor.

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